miércoles, 28 de diciembre de 2011

Satiriasis


I
Despierto en una hora carente de aroma,
son las diez en un paisaje sin café ni magdalenas.
Tampoco hay tangas, medias, wonderbras negros y con encajes
en esta cama que no es mi patria ni mucho menos la tuya:
mi patria está en tus cajones,
en ese clítoris en el que se instaura la dictadura
de la nieve del éxtasis ajeno.

Me opongo.

Todos nos merecemos tu cuerpo,
pero me exilian los dedos que acarician la nada erecta
de otro al que le dices:
«Te mato y me mareo».

No quedan en este país lejano con lenguas indecisas
ONGs que apoyen a los poetas, no harán cumbres internacionales
para solucionar el conflicto de tus sábanas,
no queda en este otoño un alma cristiana que done un orgasmo
a estas caderas tristes en las que ahora habito.

II

Me repatrían para la hora del almuerzo,
cuando el invierno ha caducado ya
todos los preservativos en todas las billeteras.
Tiempo suficiente para calentar un guiso y salgo
hacia una tienda de nombre impronunciable
donde me enamoro irremediablemente de una lectora
ocasional de Mario Benedetti. No le digo nada, algún día leerá
este poema y sabrá que tuvo suerte de no haberme hablado siquiera.
Viene Juanjo y nos echan de la tienda,
es por la noche ya, las diez, bebemos cerveza,
yo miro a las ciclistas, paso a tu lado y ni te saludo.

He comprado comida de mierda en un restaurante Yanki,
he vuelto a esta casa muda según parece
con dos hamburguesas, un libro de Fonollosa,
sobre todo sin ti y con un unas ganas considerables de echar un polvo.  



Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported.

diccionario de UnaLenguaConsentida


El sexo es mi cuerpo que no es este.
La luz es la ausencia que nos duele desde las sábanas.
La edad es eso que olvida las libertades.

El insomnio es un mail a tu nombre.
El exterior es un mapa que no quieres recordarme.
Un teléfono es un hilo de veneno entre dos calles.

No sé qué son el olvido, el sexo.
Tu cuerpo desnudo. El mío al lado.

El tiempo es una suma inexacta de mis verbos.
Tu verbo es pronombre sin relojes.
El pasado es tú que me matas a destiempo.

La infancia es otro objeto que olvidamos.
Los ojos son el clítoris de los poetas.
Un poeta es un asesino sin aurora ni infancia.

Todas las palabras que consiento se refieren a ti:
El sexo que impone luz a mi edad.
El insomnio que traen del exterior los teléfonos blancos.
Todas las cosas que desconozco.
El tiempo perfecto de todos los verbos sin pasado.
La infancia que son tus ojos liquidando a otro poeta.
Todas las palabras que consiento hablan de nosotros
en condicional perfecto, en la sombra de la tinta.
En sus significados.
En sus silencios.

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Poema sin mar


Hablo de ti a todas las ciudades que visito,
todas ciudades de interior
en las que el mar es un rumor lejano,
una baratija para burgueses en agosto.
Le hablo de ti a todas
las ciudades que conozco,
ciudades de un país sin pasado,
con un proletariado que asiente
y se marcha cabizbajo
y que no tiene noticias de ti.
Hablo de ti a todas las ciudades que conozco
y todas te conocen,
igual que te conocen las azafatas,
el revisor del tren,
las revistas tan cutres que olvida la gente
en los asientos de los trenes
de media distancia de RENFE.
Hablo de ti a los bañistas que van en autobús
a mi lado y que miran escépticos
mis ojos pasados,
por desgracia desde los trenes de media distancia
nunca se ve el mar, un mar que también te conoce,
que también conoce tus rodillas,
tu pasado, tu nostalgia de gato herido,
tu infancia sin playas.
Me hablan de ti las ciudades que visito
y nunca te termino de conocer...

>>Informamos a los señores viajeros
que está terminantemente prohibido fumar
en todo el recinto.

Me llaman al orden los empleados de seguridad
y nunca estás tú
en las ciudades que visito,
todas ciudades de interior en las que el mar
es un invento de los americanos,
nunca estás tú en la estación vacía,
en mi lado de la cama,
en el asiento contiguo del tren
mirando desde la ventana un camino sin mar.

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Las musas deben matar a los poetas


Creo que las musas deben matar
a los poetas.
Estoy convencido de que si las víctimas
conocieran de antemano a sus agresores,
muchos serían perdonados.
Y también creo que dicho acto supondrá
una maniobra política que sacará
a este país de la crisis porque si tu me matas
esta misma noche darás trabajo a:
los enfermeros que constaten mi defunción,
el taxidermista que adecente mi cadáver,
Un chófer de coches fúnebres.
El cura que oficie mi santo entierro
como mi familia cristianamente reclamará
y que recogerá en el cepillo dinero suficiente
para una puta.
También darás trabajo al poli que
te busque por las calles sin éxito
hasta que el crimen proscriba.
Además, después de muerto, seré comida
de cucarachas, lombrices y moscas para cuya
exterminación será necesaria la contratación
de una empresa fumigadora y cuyos empleados
celebrarán el éxito de la misión
en un bar y que, una vez borrachos,
volverán a casa y preñarán a sus dormidas mujeres.
Por eso si me matas esta misma noche,
no solo moverás a todo el personal
del negocio de la muerte
sino que también engendráras
vida de un solo cuchillazo,
pero que conste que solo quiero que me mates tú,
porque quiero elevarte a la categoría de heroína
de mártir, de diosa,
será mi regalo de feliz asesinato.
Y solo quiero que me mates tú porque eres la única
a la que podría perdonarselo todo.


Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported.