I
Despierto en una
hora carente de aroma,
son las diez en un
paisaje sin café ni magdalenas.
Tampoco hay tangas,
medias, wonderbras negros y con encajes
en esta cama que no
es mi patria ni mucho menos la tuya:
mi patria está en
tus cajones,
en ese clítoris en
el que se instaura la dictadura
de la nieve del
éxtasis ajeno.
Me opongo.
Todos nos merecemos
tu cuerpo,
pero me exilian los
dedos que acarician la nada erecta
de otro al que le
dices:
«Te mato y me
mareo».
No quedan en este
país lejano con lenguas indecisas
ONGs que apoyen a
los poetas, no harán cumbres internacionales
para solucionar el
conflicto de tus sábanas,
no queda en este
otoño un alma cristiana que done un orgasmo
a estas caderas
tristes en las que ahora habito.
II
Me repatrían para la
hora del almuerzo,
cuando el invierno
ha caducado ya
todos los
preservativos en todas las billeteras.
Tiempo suficiente
para calentar un guiso y salgo
hacia una tienda de
nombre impronunciable
donde me enamoro
irremediablemente de una lectora
ocasional de Mario
Benedetti. No le digo nada, algún día leerá
este poema y sabrá
que tuvo suerte de no haberme hablado siquiera.
Viene Juanjo y nos
echan de la tienda,
es por la noche ya,
las diez, bebemos cerveza,
yo miro a las
ciclistas, paso a tu lado y ni te saludo.
He comprado comida
de mierda en un restaurante Yanki,
he vuelto a esta
casa muda según parece
con dos
hamburguesas, un libro de Fonollosa,
sobre todo sin ti y
con un unas ganas considerables de echar un polvo.
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